Retratos con bacterias: Sin fronteras entre arte y ciencia

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Es común escuchar hoy en día los beneficios de los bacilos que se encuentran en la bacteria E. Coli, innumerables marcas de productos lácteos nos suelen recordar su importancia en los procesos digestivos. Por el contrario, pensar en el retrato de Einstein con la lengua de fuera impreso en bacterias E. Coli desarrolladas especialmente para contornar sus rasgos podría ser poco creíble, pero no por ello menos real.

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Zachary Copfer es el autor de las fotografías impresas en bacteria de Leonardo da Vinci, Einstein, Picasso y Darwin, todos ellos grandes personajes del mundo del arte y de la ciencia. Al igual que da Vinci, Copfer mezcla la ciencia y el arte, al ser microbiólogo y fotógrafo. La yuxtaposición entre la ciencia y el arte es tan relevante en su obra que incluso a la hora de referirse a Einstein, el autor se refiere a él como un gran artista en lugar de un científico; de igual forma, invierte el papel de Picasso como un científico admirable en vez de un afamado artista, hecho que sólo puede explicarse a través de una profunda admiración hacia ambos personajes cuyos paradigmas, la teoría de la relatividad y el cubismo desdibujaron los límites del pensamiento social durante la época que les toco vivir, al teorizar –de maneras distintas– el espacio tridimensionalmente.

Así, Copfer ha decidido deambular entre ambos campos, el de la fotografía y la microbiología, para probar errónea la idea del quehacer científico como una actividad que aniquila la imaginación artística. La ciencia es para el artista/científico un área llena de misterio y poesía, con todas sus variables, abstracciones, enfoques, que hacen de la ciencia absolutamente un arte.

La obra de Copfer probablemente sea el mejor ejemplo. La bacteriografía, como el mismo ha nombrado a sus piezas, son fotografías del crecimiento de bacterias desarrolladas en un plato de Petri con diferentes especies de bacterias, incluyendo la famosa E. Coli o la serratia marcescens. Después, crea un negativo a la medida del plato y lo expone a la luz ultravioleta. Las bacterias expuestas a la luz mueren, mientras que las que se encuentran a la sombra continúan creciendo.

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Las imágenes tardan 2 días en desarrollarse. Después Copfer, como cualquier otro fotógrafo, fija la imagen con las bacterias resistentes a la radiación. Finalmente, para evitar que las bacterias se sequen, las trata con una capa de resina y acrílico.

 

El proceso fue descubierto por el autor mientras estudiaba su maestría en Bellas Artes en la Universidad de Cincinnati. En su último trabajo realizó una serie de impresiones de una mutación genética de la bacteria E. Coli brillante bajo una luz negra, con la intención de recrear imágenes de la Vía Láctea extraídas del telescopio espacial Hubble.

Es realmente interesante la técnica desarrollada por Copfer. Ciertamente, la bacteriografía todavía se encuentra en su fase inicial, y sigue perfeccionándose con la práctica. El siguiente proyecto donde podremos atestiguar el desarrollo y potencial de la bacteriografía será la serie de retratos que usará todas las bacterias del rostro de los voluntarios. Experimentar con nuestras propias bacterias para realizar nuestro retrato resulta repugnante y atractivo.

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