Buenos Aires: Intervenciones urbanas en marcha o el arte público como política de Estado

Por M.S. Dansey

El arte en la calle no es cosa de todos los días. Menos en Argentina. Si uno camina por los puntos neurálgicos de Nueva York, Londres o Berlín, incluso Medellín o San Pablo, indefectiblemente se topará con obra contemporánea instalada en las veredas. En Buenos Aires tenemos los monumentos, las estatuas de inspiración clásica y los militares a caballo. Dejemos de lado por esta vez el conflicto planteado en torno a la figura de Colón y otro como el de Roca, solo digamos que más allá de cada caso en particular el monumento como tal, atrasa. Que es el reflejo de un tiempo pasado que quiso imponerse como presente absoluto: un relato político perpetuado en los parques y las plazas. Salvo pocas excepciones, así fue hasta ahora, ese fue el criterio de las intervenciones urbanas.

Algo de eso está cambiando en Buenos Aires y el fenómeno es sintomático porque no se trata de la idea peregrina de un funcionario iluminado sino que son distintos proyectos que fueron surgiendo aquí y allá, y que podrían ser el comienzo de algo más grande.

Me refiero por ejemplo a las obras que fueron comisionadas para algunas estaciones de subterráneos; al circuito de instalaciones que se realizó por segundo año consecutivo entre el museo Xul Solar y la Fundación Jorge Luis Borges; al ciclo de arte contemporáneo que está por inaugurarse en la calle Florida; y sobre todo, al concurso de intervenciones urbanas –“Buenos Aires Sitio Específico”– que el Gobierno de la Ciudad lanzó en marzo y que es sin dudas es el más ambicioso de todos: Son 250.000 pesos para cada uno de los cinco proyectos ganadores. Los organizadores ya están planeando una nueva edición para el próximo año mientras los artistas ganadores trabajan en las obras que serán inauguradas en diciembre.

Pero veamos las propuestas. El artista Horacio Zabala, por ejemplo, propone un alto en la jornada. Un intervalo en la vorágine del microcentro. Literal: Un signo de paréntesis a escala humana, en la esquina de Florida y Sarmiento. Un proyecto casi zonzo que descansa en la contundencia del concepto.

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Boceto obra de Horacio Zabala

Luciana Lamothe corre en otro sentido. Lo suyo es adrenalina. Una de sus típicas estructuras de caños de andamio se va levantar a 15 metros de altura para funcionar como un balcón sobre el nudo de avenidas Forest, Corrientes y Jorge Newbery en Chacarita. Como en un parque de diversiones, Lamothe quiere hacer gozable la violencia del tránsito.

Lamothe IMAGEN

Boceto obra Luciana Lamothe

Mariela Golder y Gabriela Yeregui están trabajando en la Boca. Quieren instalar letreros de neón a lo largo del boulevar Benito Pérez Galdós. Requieren la participación activa de los vecinos. No solo porque los carteles van a estar instalados en las fachadas de los particulares, sino porque las leyendas están surgiendo de los talleres que hacen con gente de la zona. Todos los sábados salen a recorrer las calles a la deriva, asistidos por otros artistas de la danza, la música y la literatura, con la misión de tomar consciencia de las vivencias y ponerlas en palabras. Cada frase será menos de medio tuit. No más de cincuenta caracteres.

 

El proyecto de Gaspar Libedinsky es el más ambicioso desde lo constructivo. Su idea es levantar en el medio del Parque de los Patricios una calesita de bicicletas. Una calesita que funcione a fuerza de pedaleo. A su habitual equipo de arquitectos y diseñadores se sumó la gente del taller de Pablo Andreani, que no solo ensamblan y arreglan bicicletas sino que diseñan bicicletas personalizadas. Para la cuestión musical –las luces y la música también serán por tracción a sangre– Libedisnky se puso en contacto con Hugo Domínguez, el luthier de Les Luthiers, que está desarrollando un mecanismo similar al sistema de rodillo dentado de las cajitas de música.

LIBEDINSKY IMAGEN

Boceto obra Libedinsky

Horacio Gallo está construyendo un metegol gigante para la plazoleta del Boulevard Iriarte, en el centro de la vieja Barracas. Se acusó a su proyecto de ser copia de uno de Maurizio Cattelan y aunque muy similares las propuestas son distintas. Vale decir que el metegol para equipos de once jugadores es casi un genérico que se viene viendo desde los años cincuenta. El de Gallo en particular será de hormigón –a prueba de barras bravas– y los muñequitos metálicos serán replicas de los vecinos del barrio que integren el primer seleccionado. No irán con equipos de boca y river, jugaran como van todos los días, con ropa de fajina. Si se quiere, será un picado. Un privilegio que el paseante ocasional también podrá darse. Demás está decir que en Europa no se consigue.

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