¿Cuál es la forma de las instituciones tras la explosión digital?

Por José Luis Vicente para El Cultural.es

La forma de la cultura es, en buena medida, la forma de las instituciones que la acogen y le dan un espacio desde el que operar. ¿Podemos seguir el ritmo de una cultura en permanente proceso de cambio sin alterar sus formas institucionales? La pregunta tiene algo de retórico porque la inclinación natural de cualquiera que la escuche es responder que no. Y, sin embargo, adaptar las estructuras y objetivos de las instituciones artísticas a los cambios que hoy en día se están generando en las formas de producir, distribuir y socializar la cultura, es una tarea titánica y con frecuencia inútil. Un viejo chiste dice que la definición de institución es “aquello que no puede cambiar”.

En Nueva York, el MoMA ha empezado a añadir videojuegos a su colección, y en Londres el Victoria & Albert ha adquirido recientemente la famosa “pistola impresa en 3D”, como parte de una estrategia de “respuesta rápida” que les llevará a incorporar con más celeridad objetos del espacio cultural contemporáneo. Pero sumar piezas que son producto de la cultura de la Red no quiere decir rediseñar las instituciones a semejanza de la cultura de las redes, y esta es una demanda que se reclama desde cada vez más flancos. ¿Cuál es la forma del museo, el centro cultural o la galería tras la explosión digital?

Otros periodos históricos en los que hubo profundas transformaciones en los lenguajes y formas artísticas se vieron acompañados por grandes innovaciones en los modelos institucionales de la cultura. En Gran Bretaña, los años 50 y 60 trajeron una ola de nuevos centros para hacer posibles nuevas prácticas y necesidades, del Barbican al ICA; en Francia, durante los años 70, se forja el modelo Pompidou, en muchos sentidos el molde que seguirán incontables nuevos centros por todo el mundo. En Estados Unidos, el Exploratorium de San Francisco se convirtió a finales de los 60 en el primer museo de la ciencia de nueva generación. Y por supuesto, la aparición y popularidad de cada nueva disciplina requiere de una arquitectura institucional que la proteja y le dé cobijo, como sucede con las filmotecas de cada país.

En cierto sentido, el momento actual es similar al de algunos de estos episodios anteriores. Hay nuevas formas de producción cultural con legados que empieza a ser necesario catalogar y preservar; hay, sin duda, nuevos usos y formas de socialización de la cultura. Pero en otros aspectos el momento es muy distinto. Muchos de los esfuerzos que en décadas anteriores condujeron a la creación de instituciones pioneras partían de un fuerte sentido socialdemócrata de la cultura como recurso para el bienestar de la ciudadanía. Hoy en día, en que es raro que la inversión en infraestructuras culturales no se justifique por su posible impacto económico, parece más improbable que la existencia de nuevas dinámicas sea razón suficiente para fundar otros tipos de instituciones. Al menos en la primera división de la industria de los museos, la principal innovación desde los 2.000 parece ser la “sede-franquicia”, el poder de la marca para vender entradas por encima de otra consideración.

 La cosa parece estar cambiando. En los últimos años, y cada vez con mayor frecuencia, aparecen propuestas para repensar los principios de museos, centros culturales, laboratorios creativos y otros modelos posibles por inventar. Todas ellas tienen en común la convicción de que innovar en cultura o desde la cultura es mucho más difícil sin innovar en sus formas institucionales.

Algunos ejemplos recientes. En Nueva York, el museo nacional de diseño Cooper-Hewitt ha aprovechado la renovación de todo su edificio para adaptar también sus modos de trabajo a la lógica de la Red; cuando se inaugure, las visitas por sus salas reconocerán, de manera muy exhaustiva, que la misión de la institución continúa en su página web. En Gran Bretaña, el diseñador de juegos Alex Fleetwood ha arrancado la campaña para proponer al gobierno la fundación de un “National Games Center”, una institución pública dedicada a la preservación y difusión de la cultura lúdica, equivalente a las que ya protegen la cultura escrita o la audiovisual. Mientras, en la ciudad italiana de Matera, Ben Vickers, comisario digital de la célebre Serpentine Gallery de Londres, ha fundado “un Monastery”, un prototipo de nuevo modelo de hackerspace colaborativo y espacio de coworking situado en el contexto rural, que explora las posibilidades creativas del retiro monacal en contraste con el frenesí urbano.

La mayoría de estas iniciativas se sitúan aún entre la intención y el ensayo, pero ya empezamos a contar con algunas realidades. Este verano, una de ellas abre sus puertas en Nueva York. El New Museum, una de las instituciones artísticas de referencia en la gran manzana, ha creado una nueva área para hacer visible los modos de colaboración entre distintas comunidades creativas en la cultura en Red. Está en el edificio contiguo a su sede y se llama New Inc. Se presenta como la primera incubadora asociada a un museo.

El término incubadora está vinculado de manera natural a la cultura de la empresa y al vocabulario start-up, no al de las artes. Al elegirlo, el New Museum parece decir que New Inc no es un programa de artistas en residencia, algo con lo que la institución ya contaba. New Inc es un entorno de trabajo en el que la combinación de distintos agentes (artistas y diseñadores, tecnólogos, emprendedores) hagan posible la generación de proyectos que pueden tener tanto dimensión artística como empresarial. No extraña ver una propuesta como ésta en el New Museum, que ya ha sido pionero en intentar crear enlaces entre ambas comunidades con Seven on Seven, un evento anual que empareja a fundadores de compañías de internet con artistas para realizar proyectos rápidos, y ahora parece dispuesto a extender la estrategia a un espacio permanente de actividad.

Los cien residentes de New Inc trabajarán durante un año en cercanía física e intelectual al museo, que les proporcionará distintas clases de recursos, por encima de los que ofrece un espacio de coworking al uso; asesoría y tutelaje a cargo de la comunidad de profesionales que rodea a esta institución del Lower East Side, así como acceso a recursos técnicos y distintas formas de convergencia con el programa de actividades del centro, que pretende alimentar las ideas de los residentes, nutrirse de sus capacidades y proyectos.

La joven directora de New Inc, Julia Kaganskiy, admite que hay mucho por determinar acerca de la función que este experimento cumplirá, y claramente fracasaría si acaba siendo sólo un espacio de alquiler de mesas. El reto de New Inc es probar si hay suficientes activos humanos e intelectuales para justificar la existencia de una institución que no busca a artistas, tecnólogos o emprendedores, sino a aquellos que no han decidido aún cuál de esas tres etiquetas les define, o que están convencidos de ser las tres cosas a la vez.

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