Pintar un mito: Una visión irreverente sobre El Gauchito Gil

Por Laura Piasek, especial para jaquealarte.com

Cuando al artista visual y también juez bonaerense Hugo Echarri, creador de la muestra Plegarias para el Gauchito Gil, curada por Massimo Scaringella y expuesta hasta los primeros días de marzo en el Centro Cultural Borges,  se le pregunta por el surgimiento de esta serie de obras, explica que nacieron de su necesidad de comunicar un conjunto de ideas vinculadas a la explosión social y mediática -nacida en las últimas décadas-  de este emblemático personaje de la devoción popular argentina.

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A caballo entre la historia y el mito, en torno a la figura de Antonio Mamerto Gil Núñez, nacido en la provincia de Corrientes cerca de 1840, existen pocas certezas. El único punto que comparten todas las versiones de su vida es que se ganó la fama de santo milagroso cuando antes de ser brutalmente degollado le dijo a su verdugo que para que su hijo enfermo se salvara tendría que invocar su nombre. Después de su  muerte, la prédica pareció cumplirse. A partir de ese momento, su asesino arrepentido montó un homenaje en su tumba, que rápidamente devino en santuario y que todavía hoy sobrevive a los avatares del tiempo en la localidad de Mercedes.

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Hugo Echarri  toma este referente de la espiritualidad pagana y lo explota en todas sus direcciones. Parece tomar el punto de vista de los fervorosos y así mira lo que representa en sus óleos y acuarelas y al revés, parece intentar la mirada del gaucho sobre quienes lo veneran. Entre sus obras se pueden ver pinturas de diferentes tamaños con el motivo de una figura que reza, y que se repite, en medio de una explosión de colores. Las técnicas tradicionales, en donde la acuarela y los acrílicos son las preferidas, dialogan con los nuevos medios digitales, dando como resultado una original aproximación al imaginario que sobrevuela este credo y que destaca entre otras muestras sobre este ícono de la cultura popular por serle irreverente. No hay documento, las imágenes emiten el poder de las creencias y su loco fervor.

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Pero quizás sean las instalaciones que forman parte de la muestra las que permitan hacer contacto con una de las facetas más interesantes de esta leyenda popular: su vínculo con la cultura presidiaria. Bustos de cerámica encerrados en jaulas y muñecos crucificados parecen remitir al gran número de creyentes que todavía hoy lo veneran tras las rejas.

Al final del recorrido, un altar al rojo vivo emula los santuarios que los seguidores del Gauchito Gil montaron a lo largo de las rutas argentinas. Su figura, en todas sus versiones y formatos, convive con referentes espirituales de todas las especies: un Cristo dorado, estampitas de Nuestra Señora del Buen Viaje y del santo indígena Ceferino Naumuncurá son algunos de las imágenes que se dan cita para retratar la amalgama en materia de íconos religiosos que se suman a esta muestra sobre el más santo de los santos argentinos que, en el código canónico, es un laico de dudosa reputación.

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Echarri estudió con Helios Gagliardi, Bernardo Di Bruno y René Pietrantonio y se reivindica como un autodidacta seguidor de la obra de Castagnino y Carlos Alonso, Guillermo Roux y Miguel Dávila.
El año pasado presentó Mitos y Multitudes en el departamento de extensión universitaria de la Universidad Nacional de San Martín (UNSAM).

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